sábado, junio 12, 2010

Viéndonos como Dios nos ve

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria. Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Estas cosas provocan la ira de Dios. (Colosenses 3:1-6 LPD).

El cristiano verdadero, ha resucitado, no es una mera suposición, hemos resucitado con Cristo por lo cual hemos de buscar en nuestra vida los bienes del reino de Dios.

Cuando tomamos clara conciencia de nuestra posición como hijos de Dios, descubrimos que nuestro Padre ha puesto a nuestro servicio todo el poder del Espíritu Santo para que, en sus fuerzas, actuemos conforme a la visión que Él tiene de nosotros.

Dios quiere que sus hijos pensemos como Él piensa, que nos veamos a nosotros mismos como santos, redimidos, reyes, sacerdotes, perfectos y maduros.

Dios ve a Jesucristo en cada uno de nosotros, por lo cual su concepto difiere del nuestro ya que nosotros todavía estamos en el proceso de cambiar nuestro pensamiento. El concepto que poseemos acerca de nosotros mismos adolece de severas deficiencias por cuanto seguimos viendo nuestras fallas comparadas contra la perfección de Cristo.

Ninguna persona que se forma escuchando que es inepta, incapaz, torpe, cobarde, buena para nada, logrará por sus propios medios creer con facilidad que es más que lo que ha escuchado.

Para hacer morir lo que queda de nuestra vieja criatura, Jesús nos dio la solución: tomar nuestra cruz cada día y seguirle.

Ese proceso de morir a los deseos por las cosas de este mundo se puede realizar cuando le cedemos el control al Espíritu Santo. Tomar la cruz significa llevar a la obediencia de Cristo todo pensamiento y decisión, es cederle a Él todos los derechos y anhelos.

Dios quisiera que nuestro cambio fuera voluntario y por amor a Él, en agradecimiento a Cristo quien ya recibió toda la ira de Dios en sí mismo. Por ello, Dios se indigna por nuestra falta de entrega real a Cristo, porque como Padre sabe que sufriremos las consecuencias de nuestra falta de obediencia.

Dios no nos obliga a nada, por el contrario, nos ha dado libertad completa en Cristo. Resulta pues absurdo que por correr tras una satisfacción efímera, humana y temporal, abandonemos la cobertura que Dios quiere darnos y nos expongamos a consecuencias que sólo nos generarán dolor y amargura.

Lo grave de esto es que con ello dañamos el corazón de Dios y despreciamos el valor de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo.

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