sábado, julio 24, 2010

Alabemos y adoremos…

Alabad a Dios en su santuario; Alabadle en la magnificencia de su firmamento.

Alabadle por sus proezas; Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza.

Alabadle a son de bocina; Alabadle con salterio y arpa.

Alabadle con pandero y danza; Alabadle con cuerdas y flautas.

Alabadle con címbalos resonantes; Alabadle con címbalos de júbilo.

Todo lo que respira alabe a JAH. Aleluya. (Sal 150:1-6, RV60)

La necesidad de rendir adoración y alabanza a Dios está profundamente arraigada en toda la creación.

Cada ser y cada cosa creada funciona a un ritmo específico, nuestro corazón late, nuestra respiración funciona con una cadencia singular, los planetas y cuerpos celestes orbitan con su propia periodicidad, hasta nuestro ADN se representa con una serie armónica de moléculas y toda vida funciona en un ciclo maravillosamente diseñado.

Como las notas de una sinfonía interminable, sin perder el ritmo, toda la creación rinde homenaje al creador de todo, a Jesucristo, quien sustenta nuestra existencia con la palabra de su poder.

Cuando rendimos alabanza y adoración a Dios, nuestro ser completo, espíritu, alma y cuerpo, se sintoniza y vibra a la frecuencia de Dios, dejamos que el Espíritu de Dios toque a nuestro espíritu y que sus propósitos sean nuestros propósitos.

En esos momentos, Sus palabras encuentran eco perfecto en nosotros y resuenan haciéndose rema, revelación pura de su amor y poder en nuestra vida; resplandecen en nuestro entendimiento y percibimos que son espíritu y son vida.

Adorar y alabar a Dios es un estilo de vida, no se hace solamente con la música, se hace con toda acción que, fundamentada en el amor de Cristo, armoniza de manera perfecta con la voluntad de Dios.

La música, por su parte, nos transporta a momentos sublimes o situaciones fatales, porque prepara nuestra alma para que nuestras emociones encuentren un camino. La música como expresión de nuestra adoración a Dios, es un medio para que el Espíritu de Dios tome el control absoluto y seamos plenamente conscientes de la presencia de Dios.

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. (Juan 4:23-24, RV60).

Alabar y adorar a Dios no es un acto aislado, es un modo de vivir consciente y seguro de Su presencia en todo momento, que nos permite actuar con el único propósito de hacer su voluntad, de agradarle en todo, de rendir nuestros deseos, anhelos y acciones. Es abandonar nuestra propia vida en pos de vivir la vida de Cristo y su plenitud.

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