sábado, agosto 07, 2010

El Espíritu mora en mí

Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. (Juan 14:14-17, RV60).

El poder del Espíritu Santo se encuentra a disposición de cada creyente, para que tengamos la capacidad de obrar conforme a su voluntad y propósitos.

El poder pertenece a Dios y sólo a Dios, toda autoridad que viene de Dios, cuando es delegada implica la responsabilidad de usar el poder de su Santo Espíritu para desarrollar las tareas que Él ha preparado para la realización de nuestra vida.

El poder del Espíritu Santo puede manifestarse de diversas maneras, entre las cuales se encuentran las obras visibles externas que sería imposible lograr para los seres humanos por sus propios medios, así como la transformación personal interna que Dios realiza en cada creyente, que dicho sea de paso tampoco es realizable en las propias fuerzas humanas.

Dios, conforme a lo expresado en su Palabra, no requiere del otorgamiento de dones o habilidades especiales para que el Espíritu Santo habite en cada creyente, Él en sí mismo constituye el más grande don dado a los cristianos; Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. (Hechos 2:38-39, RV60).

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. (1Juan 4:13-15, RV60).

Todo el poder de Dios está al alcance de nosotros para guiar y transformar nuestra existencia en una manifestación continua del amor de Dios que fluye desde la cruz hacia las vidas de cada uno de los que creemos en Cristo, el único Señor y Salvador, por quien todo fue hecho y quien sustenta la creación con la palabra de su poder.

No existe otra razón para existir que no sea la plena manifestación de Jesucristo en nuestra vida, y no hay otra manera de testificarlo que no sea por el poder de su Espíritu Santo que nos da testimonio y la plena convicción de que somos el templo viviente en el que Él decidió habitar para consumar su promesa de redención y salvación: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (1Corintios 3:16, RV60).

Dios nos insta a vivir en el Espíritu para que tengamos su vida abundante.

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