sábado, noviembre 20, 2010

Gracia, justicia, misericordia y amistad de Dios

Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones. Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado. Yo reconozco mis transgresiones; siempre tengo presente mi pecado. Contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos; por eso, tu sentencia es justa, y tu juicio, irreprochable. Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre. Yo sé que tú amas la verdad en lo íntimo; en lo secreto me has enseñado sabiduría. Purifícame con hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve. (Salmos 51:1-7, NVI)

Cuando somos confrontados por la palabra de Dios y comprobamos que hemos actuado en contra de la voluntad de Dios, aunque en realidad necesitamos reconocer que hemos pecado, no siempre lo hacemos y reaccionamos de diferentes formas.

Una típica reacción es la negación, es la falta de reconocimiento del pecado, es un autoengaño para evitarnos el dolor de enfrentar la realidad de haber ofendido a Dios.

Otra reacción es buscar una excusa, una explicación una justificación para haber actuado así.

También reaccionamos afirmando que Dios no puede haber tomado nuestra acción como algo tan grave. Básicamente creemos que Dios no aplicará ninguna medida de justicia ante nuestra transgresión.

La única actitud realmente apropiada es la que nos muestra David en este salmo.

En Cristo Jesús, hemos obtenido el único camino verdadero a seguir.

La gracia de Dios consiste en darnos lo que no merecemos, por ello, gracias al sacrificio de Jesús hemos obtenido el perdón de pecados y la redención para reconciliarnos con Dios de una vez por todas y para siempre.

La justicia consiste en darnos lo que merecemos, y efectivamente la paga de nuestro pecado fue dada, pero no lo pagamos nosotros. Dios, en la persona de Jesús, quiso recibir el castigo que en justicia merecíamos por todos los pecados de la humanidad, y así sustituyéndonos en la cruz Él hizo justicia.

La misericordia de Dios consiste en no darnos lo que merecemos, es decir que Dios decide, por su amor, olvidar nuestros pecados para no darnos el castigo que ya Jesús llevó sobre sí mismo.

Jesús, no conforme con otorgarnos su gracia, su perdón y su redención justificándonos quiso ser llamado nuestro amigo y demostró su amistad poniendo su vida por nosotros.

"Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa. Y éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes. (Juan 15:9-15, NVI)

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