sábado, marzo 05, 2011

Fieles y confiables

Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia. (Salmos 16:3, RV60).

Alegraos, oh justos, en Jehová; en los íntegros es hermosa la alabanza. (Salmos 33:1, RV60)

El mejor carácter que existe es el carácter controlado por el Espíritu Santo. Es el que fructifica destilando amor, gozo paz, paciencia, benignidad, bondad, fe (fidelidad), mansedumbre y dominio propio.

Entre las dimensiones de un carácter íntegro que identifica al cristiano se encuentra la confiabilidad, la capacidad de generar confianza ante los demás. Ser alguien confiable es un resultado de un ejercicio constante de rectitud en todas nuestras acciones y una consecuencia directa de la práctica de la fidelidad.

En la escritura encontramos el modelo perfecto de fidelidad: Jesús, porque Si fuéremos infieles, él permanece fiel; El no puede negarse a sí mismo. (2Timoteo 2:13, RV60).

En nuestras relaciones interpersonales, generar confianza requiere de constancia, respeto mutuo y rectitud en la relación, dándose la debida importancia el uno para con el otro: Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; (Filipenses 2:3, RV60).

Considerar a los demás con este grado de importancia, requiere en nosotros la capacidad de prestar atención a las personas, significa tener una actitud empática ante las circunstancias y situación de nuestros semejantes, dicho coloquialmente, es “tener la capacidad de ponerse en los zapatos del otro”.

Jesús, el modelo perfecto de empatía, muestra la meta a la que debemos aspirar: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. (Hechos 4:15, RV60).

Él vino a esta tierra y literalmente caminó en zapatos humanos para experimentar nuestras debilidades, dolores y circunstancias. Él se compadece, es decir padece con nosotros para mostrarnos que es posible mantener la integridad aún en las circunstancias más extremas.

La razón por la que Jesús no pecó no fue porque fuera Dios, el no pecó porque, siendo voluntariamente humano, su fe y el Espíritu Santo le mantuvieron firme ante las circunstancias, ante las tentaciones, ante el dolor, ante las debilidades inherentes a la naturaleza humana.

Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? mas nosotros tenemos la mente de Cristo. (1Corintios 2:16, RV60).

La razón por la que nosotros podemos mantenernos fieles a Dios y a nuestros hermanos es la misma que obró en Cristo: porque tenemos su mente, su Santo Espíritu y el crecimiento espiritual que el Padre nos da, mediante la fe, fundamentada en su Palabra.

La causa de la infidelidad, de esa falta de capacidad para generar confianza, procede de impedir el desarrollo de la mentalidad de Cristo en nosotros, ignorando, contristando y a veces apagando la voz del Espíritu Santo con nuestra propia voz, soberbia y arrogancia.

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