sábado, mayo 07, 2011

Tiempo para todo y todo a su tiempo

¿Qué provecho saca quien trabaja, de tanto afanarse?  He visto la tarea que Dios ha impuesto al *género humano para abrumarlo con ella.  Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la *mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el *hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin.  Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva;  y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes. (Eclesiastés 3:9-13, NVI)

La sabiduría que viene de Dios nos da la pauta para ordenar apropiadamente las prioridades de nuestra vida.

En la formación de nuestro carácter, desarrollándolo para darnos la capacidad de enfrentar la realidad en función de la voluntad de Dios, nuestro Padre ha dispuesto un tiempo para cada cosa y cada cosa a su tiempo.

Ser diligente es uno de los atributos que hemos de desarrollar, para aprovechar el más importante recurso natural, no renovable, que Dios nos ha dado: el tiempo.

La realidad de nuestras prioridades se puede medir muy fácilmente. Si listamos todas las actividades que realizamos en una semana normal, luego identificamos el número de minutos, horas o días que le dedicamos a cada actividad y las ordenamos, de la que consume más tiempo a la que consume menos… habremos identificado desde lo que efectivamente es más importante, hasta lo que no lo es.

Pero eso no es todo. Agreguemos a nuestra lista las cosas que queremos hacer y no hemos hecho, las cosas que sabemos que en la voluntad de Dios son una tarea específica que debemos hacer, para la cual se nos ha capacitado con los dones y talentos requeridos, pero que por las “razones” – léase excusas – que sean no hemos desarrollado.

Posponer una y otra vez lo inevitable sólo hace más difícil la tarea; es un desperdicio de energía y de vida, que nos desenfoca de los propósitos reales de nuestra existencia.

Pero Dios nos dice que “todo lo podemos en Cristo” en su fortaleza, lo que por implicación nos lleva a concluir que si no hemos “podido” hacer algo que Dios demanda, es porque nuestra permanencia “en Él” no existe o es inconstante.

Nuevamente llegamos a la raíz de todo: separados de Jesucristo, de la vid verdadera, somos como pámpanos cortados, incapaces de seguir viviendo y produciendo vida.

La única fuente de vida capaz de transformar nuestro carácter es Jesús, sólo en Él podemos ser, hacer y tener lo que un hijo de Dios está destinado a realizar en su existencia.

Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:

un tiempo para nacer, y un tiempo para morir;

un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar;

un tiempo para matar, y un tiempo para sanar;

un tiempo para destruir, y un tiempo para construir;

un tiempo para llorar, y un tiempo para reír;

un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto;

un tiempo para esparcir piedras, y un tiempo para recogerlas;

un tiempo para abrazarse, y un tiempo para despedirse;

un tiempo para intentar, y un tiempo para desistir;

un tiempo para guardar, y un tiempo para desechar;

un tiempo para rasgar, y un tiempo para coser;

un tiempo para callar, y un tiempo para hablar;

un tiempo para amar, y un tiempo para odiar;

un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz.

(Eclesiastés 3:1-8, NVI)

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