sábado, diciembre 05, 2009

Compartimos lo que vivimos…

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Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? (Hebreos 10:26-29 RV60)

Cuando sabemos y disfrutamos de la bendición de ser llamados hijos de Dios, cuando compartimos entre creyentes la seguridad de la salvación por gracia porque hemos recibido a Cristo en nuestro corazón, cuando el Espíritu Santo nos da la plena convicción de ser nuevas criaturas en las que Jesús se va manifestando día a día, perfeccionándonos y puliendo todas nuestras asperezas; cuando el gozo por esta nueva vida al haber renacido inunda nuestra mente y nuestros sentidos, se hace muy intenso el deseo de compartir todo el beneficio que hemos recibido con las personas a las que más queremos.

Es un duro choque enfrentar la negativa de los seres queridos a escuchar el evangelio y aceptar la gracia de Jesús. En esas circunstancias, el corazón se entristece porque sabemos que rechazar a Cristo significa muerte eterna. Más duro resulta que quienes han comprendido racionalmente la doctrina de Cristo y dicen aceptarla, no profesan una verdadera fe, no han permitido a su corazón abrir las puertas para que Jesús obre el milagro de la redención y de la renovación.

Recordemos que el corazón es engañoso y perverso (más que todas las cosas) así que es necesario que nuestra fe esté fundamentada en la realidad de la obra de Jesús, en el testimonio del Espíritu Santo y que la hagamos crecer por la exposición constante a la Palabra de Dios.

Creer y no creer, al igual que amar y perdonar, son decisiones conscientes que cada uno de nosotros tomamos, en un instante específico, de forma estrictamente personal y marcan el rumbo preciso del resto de nuestra vida. Tomar la decisión de creer en la Palabra de Dios, en las buenas nuevas de salvación por gracia aceptando la realidad del perdón y lavamiento total de pecados por el sólo sacrificio de Jesús, es el evento más importante en la vida de una persona.

Ese momento justo marca el inicio de una eternidad en la compañía permanente de Jesús, marca el punto en que nuestra realidad cambia totalmente, por esa misma razón, es imposible para nosotros convencer a alguien de aceptar esa verdad, ésa no es nuestra tarea. Sólo el Espíritu Santo de Dios puede abrir la mente y los corazones de aquellos a quienes hemos de presentar el evangelio, dándoles la oportunidad de entrar en esa vida nueva… y aún así la decisión de aceptarla es completamente personal.

Si a nosotros nos duele el rechazo, cuanto más será ofensivo a Dios el menosprecio de la obra de Cristo, recordemos la expresión de Jesús: El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió. (Lucas 10:16RV60).

Es necesario orar para que la misericordia de Dios se extienda y rompa barreras mentales, emocionales y religiosas en aquellos a quienes presentemos el evangelio; Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad. (Mateo 10:14-15 RV60).

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